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Atenciosamente,

Redação da Família Xaveriana


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Señor Jesús,

ser tu esposa, ser carmelita,

ser madre de almas, me debería bastar.

Pero no es así, siento otras vocaciones,

tengo la necesidad por ti, Jesús mío

las más heroicas hazañas realizar.

 

Quiero ser corazón, quiero ser amor,

amor con amor se paga,

aunque tenga que recoger

flores entre espinas, cantaré,

mi vocación es el amor.

 

A pesar de mi pequeñez,

quisiera ser sacerdote,

para el pan y el vino

en tu cuerpo y sangre transformar.

Quisiera ser profeta

para las almas iluminar.

 

Quiero ser corazón, quiero ser amor,

amor con amor se paga,

aunque tenga que recoger

flores entre espinas, cantaré,

mi vocación es el amor.

 

Quisiera ser misionera,

para ir a las islas más remotas

y tu evangelio anunciar.

Pero, sobre todo, Salvador mío

quisiera ser mártir,

para hasta la última gota de mi sangre

por Ti derramar.

 

Quiero ser corazón, quiero ser amor,

amor con amor se paga,

aunque tenga que recoger

flores entre espinas, cantaré,

mi vocación es el amor.

 

Con estos deseos

abrí las cartas de san Pablo

para una respuesta encontrar.

Me mostró el mejor camino,

el amor debe estar presente

si a los mejores carismas quiero aspirar.

 

Quiero ser corazón, quiero ser amor,

amor con amor se paga,

aunque tenga que recoger

flores entre espinas, cantaré,

mi vocación es el amor.

 

Comprendí que la Iglesia

tiene un corazón.

que el amor abarca todas las vocaciones,

En el corazón de mi madre la Iglesia,

el amor seré yo.

 

Quiero ser corazón, quiero ser amor,

amor con amor se paga,

aunque tenga que recoger

flores entre espinas, cantaré,

mi vocación es el amor.

 

Comprendí que la Iglesia

tiene un corazón que está ardiendo,

que el amor es eterno.

Mi vocación es el amor.

 

En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre.  Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir.  En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por Ti, Jesús, las más heroicas hazañas… Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla…

Siento en mí la vocación de sacerdote. ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas…! Pero ¡ay!, aun deseando ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.

¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida…!, ¿cómo hermanar estos contrastes?  ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma? Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.  Tengo vocación de apóstol… Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas…

Quisiera se misionero no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos… Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre…  ¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…  Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada…

Quisiera morir desollada, como san Bartolomé… Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo… Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires… Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús… Al pensar en los tormentos que serán el lote de

los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí… Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti…

Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras…?  ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía…? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo…  Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios…

Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores,…; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. … La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz… Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi intento…  Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor… Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.

Podía, por fin, descansar… Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos… La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que, si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos.  Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.  Comprendí que solo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre…

Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…!  Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!  Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo… ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad…!!!


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